El Evangelio en la vida diaria – José Mendoza

Recordemos, primero, que no es el hombre quien se acerca a Dios, sino que es este último quien decide acercarse a los hombres estando ellos muertos en delitos y pecados, en oscuridad y perdición. De manera que el evangelio parte con este Dios que decide aproximarse a nosotros y sacarnos del estado de perdición en el que nos encontramos.

En Lucas 19:1-10 encontramos una de estas ocasiones en que Dios va al encuentro de un hombre en su realidad cotidiana, cuando Jesús pasó por Jericó y apareció Zaqueo, quien deseaba ver a Jesús. Lo interesante, no obstante, es que a partir del verso 5 aparece la soberanía de Dios. Si hubiera dependido de Zaqueo, el encuentro no hubiera pasado de haberle echado un vistazo a Jesús. Pero Jesús lo miró y le habló, pidiéndole que lo hospedara en su casa. Esa es la elección soberana de Dios, quien decide llamar a un hombre que no tiene nada en sí mismo valioso para Cristo. El Señor no ruega, ni pide, sino que le ordena.

En el verso 7 vemos que el resto de la gente murmuraba contra él porque había ido a comer con un hombre pecador. Esa es la forma en que Dios se acerca a todos los personajes de la Biblia y en nuestra propia vida. No olvidemos que cuando el Señor se acerca a nosotros pone en riesgo su propia reputación, pero debemos recordar también que al poner en juego su reputación, pone en acción su poder para transformar y cambiar esa vida inmunda.

En el versículo siguiente vemos que ocurre lo importante. Los estudiosos dicen que Cristo debió haber conversado con Zaqueo al ir a posar en su casa. Y cuando se levanta para hablar, no se dirige a la multitud, sino que al mismo Señor. Cuando nos encontramos con Jesús, vemos una salvación que no es meramente declamativa, sino que transformadora, puesto que lo que hablamos es del cambio que la salvación opera en el corazón del hombre.

Este cambio parte con la libertad que ofrece el evangelio: lo primero que hace Zaqueo es regalar la mitad de sus bienes. ¿Cuál era la más grande esclavitud de este hombre? Su amor al dinero y su codicia. De esto lo salva el evangelio del Señor Jesucristo. ¿De qué te ha liberado el Señor? ¿De qué eras tú esclavo?

Después en Zaqueo aparece el reconocimiento del estado en que nos encontrábamos en nuestra vida: Zaqueo señala que en cualquier cosa que haya defraudado a alguien, lo pagará cuatro veces. En la ley solo cuando se defrauda voluntariamente a alguien y se le ejerce violencia, se debía pagar cuatro veces más. Zaqueo, entonces, está reconociendo públicamente que ha pecado gravemente contra su prójimo.

Cuando recibimos el evangelio y somos salvados, esto afecta el centro de nuestras vidas y nos transforma. No se trata de una mera noción intelectual, sino que transforma nuestras vidas. Lo vemos comprobado en el verso 9, pues el Señor dice “hoy ha llegado la salvación a esta casa”. ¿Cómo se manifiesta la salvación? En liberación del pecado y reconocimiento de culpa. El Señor no solo nos busca, sino que también nos encuentra, y nos salva.

Por lo tanto, el evangelio en la vida diaria no se trata solo en poder articular las verdades de la salvación, sino en ser capaces de vivirlas. En estos diez versículos encontramos el poder del evangelio. Debemos entender que no son puros conceptos, sino que estos deben afectar y cambiar radicalmente nuestras vidas. Si hay algo que le falta a nuestra proclamación de la fe es poder decir de dónde nos sacó el Señor y cuánto ha transformado nuestras vidas. No debemos defender la fe con argumentos meramente intelectuales, sino que hablando del poder que impactó nuestra propia vida y nos cambió.

Día 3 – 2016

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