La predicación que transforma – Iván Reyes

La predicación que impulsó a la Reforma fue diferente a lo que se venía haciendo por siglos: dejaron de lado las fascinantes historias de santos y mártires, o las opiniones de eruditos antiguos, y en su lugar predicaron la Biblia. Necesitamos volver a predicar la Palabra de Dios como se hizo en ese entonces. Hoy hemos vuelto a caer en los errores de la Edad Media. Hemos dejado la predicación expositiva de las Escrituras y la hemos cambiado por espectáculos e historias frívolas.

En 1 Corintios 2:1-5, vemos una declaración de principios del Apóstol Pablo, y es lo que debemos retomar en nuestros días. La única predicación que él sabía que podía cambiar los corazones de los corintios, era la predicación de la palabra de Dios. El Apóstol parte señalando lo que no quiso realizar en medio de sus oyentes. Se propuso predicar contraculturalmente. Esta sociedad consideraba de mucha importancia la forma de hablar y el lenguaje corporal, muchas veces incluso por sobre el contenido, y, así mismo, la capacidad de generar sofismas, que eran argumentos engañosos y aparentemente correctos y complejos, con los que se pretendía sustentar cualquier idea, incluso mentiras.

Sin embargo, el Apóstol no siguió las formas del mundo. Pablo puso un énfasis en el contenido de la predicación. Nos dice: “cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios” (v. 1), en otras palabras, el testimonio que Dios ha dejado en la Escritura. Ninguna interpretación o visión personal. Solo la predicación de las Escrituras es la que transforma y genera cambios permanentes en las personas que oyen. Pablo sabía que sus oyentes tenían ciertas expectativas, pero él sabía que lo importante era la condición eterna de sus almas y para ello el único remedio era el testimonio de Dios.

El texto bíblico, por tanto, no debe ser un trampolín o excusa para pasar a las suposiciones propias e interpretaciones personales de cada uno, sino que debemos predicar lo que Dios quiere que se diga. Para ello, el contenido de la predicación debe ser el testimonio de Dios: “Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (v. 2). Predicar a Cristo crucificado, es centrar la mirada del oyente en la persona y obra del Salvador de los hombres y no mezclarlo con vanas y huecas sutilezas. Esto quiere decir que la predicación de la cruz no admite manipulación a los oyentes para que acepten el mensaje. Dios obrará cuando quiera y como quiera.

El Apóstol Pablo se preocupó, además, tanto del fondo como de la forma de su predicación, por ello leemos que vino “no con palabras persuasivas de humana sabiduría… para que no se haga vana la cruz de Cristo”. Él sabía que, si hacía gala de su capacidad intelectual, la mirada de la gente se desviaría de Cristo, y se dirigiría hacia él, con lo que el mensaje de la cruz perdería su poder. Esto no se trata de anti intelectualismo, sino que la importancia del mensaje es tal, que siempre debe ser el centro de toda enseñanza, y toda esta debe descender de la cruz y depender de ella. Nada podemos añadir al poder inherente de la cruz. Ni la elocuencia, ni la inteligencia del predicador tienen el poder de convertir almas, solo el Espíritu Santo. Por eso, Pablo llegó “con demostración del Espíritu y de poder” (v. 4).

El propósito de todo lo anterior es “que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (v. 5). El propósito es que las personas crean en la persona correcta, y su fe se base en el poder de Dios, quien es el único que puede transformarlos. Los predicadores son solo micrófonos y vasos de barro, por medio de los que Dios obra y quebranta los corazones. En el Salmo 113 se nos dice que el Señor “se humilla a mirar En el cielo y en la tierra” (v. 6), para levantar del polvo al pobre y menesteroso. Cristo se humilló a sí mismo para levantarnos del lugar de la inmundicia, del que nunca podríamos habernos levantado en nuestras propias fuerzas, y no solo para dejarnos en un lugar intermedio, sino que para hacernos sentar con los príncipes. ¿Dónde debe estar puesta nuestra fe entonces? En Él y solo en Él.

Día 4 – 2016

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