Sola Gracia – Miguel Núñez

Cuando hablamos del tema de la gracia de Dios, solemos limitarla a la gracia que se ofrece en la salvación. Sin embargo, toda la creación depende de la gracia de Dios. Desde la propia creación de todo lo que existe, pasando por hacer al hombre a su imagen y semejanza, haber descendido de Su Trono a morir en la cruz por los pecadores, hasta la iluminación de la verdad a los hombres para la salvación; está operando gracia inmerecida y que no tenía por qué ser ofrecida.

Pero para apreciar correctamente la gracia de Dios, debemos recordar que el hombre está en un problema irremediable y terrible. Si no entendemos el nivel del problema del hombre con Dios por culpa de su pecado, no podemos apreciar adecuadamente el regalo de la gracia de Dios. En el jardín del Edén vemos que el hombre incluso en el estado de perfecta felicidad, le dio la espalda a Dios, hasta que, pasado el tiempo, vemos que “todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gn. 6:5). El hombre fue separado de Dios y en tal estado, sólo puede hacer y querer el mal. Por toda la Biblia, hasta los hombres más íntegros y santos al verse enfrentados a la santidad de Dios reconocieron su estado de perdición e inmundicia. Dice también Pablo citando a los Salmos, que nadie busca a Dios. Nadie, nunca.

En Efesios 2:4-9, vemos que, si podemos ser partícipes de la gracia, debemos recordar que es solo por medio de Cristo, es decir, las riquezas de la gracia de Dios pueden ser administradas al hombre a expensas del empobrecimiento de Cristo Jesús. Es su favor inmerecido a personas que han quedado destituidas de su gloria. Si es inmerecido, por consecuencia, su favor siempre es una gracia. Y, por ende, todo lo que el hombre es y posee resulta ser pura gracia.

Primero debemos entender que la salvación no es una obligación, sino una donación, es una gracia de Dios. Pero, ¿Qué es lo que la Biblia interpreta como gracia? En Romanos 11:6 se nos dice que si la salvación es por gracia, no es por obras, pues una y otra se oponen. Pablo es quien mejor explica y expone lo que se entiende por gracia, y esto lo explica a través de la elección entre Jacob y Esaú: antes de que cualquiera hiciera lo bueno o lo malo, Dios amó a Jacob y aborreció a Esaú. Su elección fue por gracia, no por algo que hubiera en alguno de ellos. La gracia de Dios no es solo infinita e inexplicable, sino que también es soberana.

La razón por la que Dios quiso salvarnos no radica en nosotros, sino que en su carácter, porque su misma esencia lo lleva a hacer lo que hace. Así, en efesios se nos dice que Dios nos salva porque es rico en misericordia y por el amor con que nos amó. Esto se nos hace difícil de entender, porque estamos acostumbrados a ganar todo lo que obtenemos. No podemos entender que no haya ninguna participación del hombre en todo el proceso.

Este regalo, por otra parte, incluye tres cosas: nos dio vida cuando estábamos muertos, nos resucitó juntamente con Cristo y nos hizo sentar en los lugares celestiales. También, este don es incondicional. No depende de nada de lo que somos o de lo que hay en nosotros. Y además, es eterno: Dios nos amó desde antes de la fundación del mundo y durará por toda la eternidad.

El amor de Dios no es por necesidad. No nos ama porque nos necesite, sino que se da a sí mismo por nosotros. Las tres personas de la Trinidad se dan por nosotros: el Padre nos elige, el Hijo muere por nosotros y el Espíritu Santo nos regenera para una nueva vida. Somos nosotros los que perdemos cuando rechazamos a Dios. En el versículo 7, vemos además que todavía no hemos recibido lo mejor de las riquezas de la gracia de Dios.

Por último, debemos distinguir que hay una gracia común y una gracia especial. La gracia común es aquella prodigada por Dios sobre todos los hombres naturales desde la creación. Pero la gracia especial es la que suele irritar a los hombres. Esta gracia es, por ejemplo, la que explica Jesús a los judíos en Lucas cuando señala que Dios lleva a Elías a una viuda de Sarepta, en vez de irse a las viudas de Jerusalén. Esta gracia especial es la que reciben todos los escogidos para salvación. Y aunque nos moleste, Él es soberano y no podemos pedirle que nos rinda cuentas.

Día 2 – 2016

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