Soli Deo Gloria – Salvador Gómez

En 1ra de Corintios Pablo enseña que es Dios quien se lleva toda la gloria por nuestra salvación. Por lo que “el que se gloría, gloríese en el Señor”. Esto comienza con lo que Pablo nos enseña: que Dios salva a lo despreciable, lo débil y lo vil, para que nadie se jacte ante su presencia. Es decir, Dios escoge lo que no es, para que sea solo de Él la gloria. Además, sabemos que no tenemos crédito alguno por nuestra salvación: Dios elige, regenera, da arrepentimiento y fe, sostiene hasta el final, glorifica. No hay ninguna intervención nuestra en todo el proceso.

Pero, ¿A qué nos referimos con “gloria”? Cualquier momento o acontecimiento que vivamos queda corto para definir este término. El diccionario indica que significa honor, fama, reputación que obtiene una persona por quién es y por lo que hace. Entonces, la gloria de Dios habla de su majestad, su persona. “Rey de la gloria” nos dice del Señor el salmo 24. También en Hechos, Esteban nos dice que Dios es un “Dios de gloria”, cuando habla de que es este Dios quien se le apareció a Abraham y le ordenó embarcarse al camino de la fe. ¿Por qué obedeció? Porque la gloria que se le apareció le impedía hacer otra cosa. Moisés es otro ejemplo: el rostro de Moisés queda brillando ante ver un poco de su gloria. En el Nuevo Testamento, tenemos el momento de la transfiguración. Cuando los discípulos vieron la gloria de Dios quedaron impactados y asustados. Todo eso nos dice algo del Dios de Gloria al que servimos y adoramos.

Veremos tres puntos sobre Soli Deo Gloria.

  • Soli Deo Gloria en la eternidad: La gloria de Dios es desde la eternidad hasta la eternidad. En la oración de Mateo cap. 6, el Señor dice “porque tuyo es el reino, el poder y la gloria, por todos los siglos”. La gloria siempre ha sido suya y no hay gloria adicional que se le otorgue a Dios por haber salvado al hombre. Él es glorioso en sí mismo y siempre tiene gloria, pues sin su gloria Él dejaría de ser Dios, porque es inherente a su deidad. “Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas” (Is. 42:8), nos señala que es un Dios celoso por su propia gloria. Alabar a Dios es, por tanto, darle la gloria que Él merece.
  • Soli Deo Gloria en la salvación: este era el punto central de la reforma. En Efesios 1 encontramos uno de los textos más gloriosos, en el cual se explica el papel de cada una de las personas de la Trinidad en la salvación y nos explica también por qué Dios nos salva: “para alabanza de la gloria de su gracia” (v. 6). Dios merece la gloria por la salvación que nos ha regalado. En primer lugar, por el amor con que nos amó el Padre desde antes de la fundación del mundo, un amor eterno e inmutable. También debemos dar gloria a Dios por el Hijo, quien nos redimió y nos recató por el precio de su sangre, nos libró de la esclavitud del pecado, y además nos ha dado una herencia incorruptible. Aún más, por el Espíritu Santo que nos ha sellado y marcado como posesión de Dios, quien nos garantiza que recibiremos el resto de la herencia y sabemos que no sólo eso, sino que nos regenera, nos convence de pecado, nos enseña y hace perseverar. Todo esto lo hace para que alabemos su gloria.
  • Soli Deo Gloria en la vida cristiana: En Romanos 12, el Apóstol Pablo ruega a los creyentes que, por esta salvación tan grande ofrecida al hombre, se entreguen a sí mismos en sacrificio vivo para Dios. Pablo nos llama, por tanto, a ofrecernos y quemar todo lo que somos y tenemos ante lo que Dios ha hecho por nosotros. “Por las misericordias de Dios” nos dice que ahora vivamos para su gloria, no para nosotros mismos. Tu vida cristiana es para su gloria, lo que hagas, pienses, mires o digas, debe ser para Él, como si tu vida entera fuera un solo acto de adoración permanente. Nuestra vida ya no es nuestra, la libertad que Cristo compró para nosotros, es para servirlo a él. En 1ra de Corintios, el Apóstol Pablo nos exhorta: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (10:31). Hacer todo para la gloria de Dios, implica también no hacer nuestra voluntad: “no se haga como yo quiero, sino como tú” dijo nuestro Señor en su oración en el huerto. Esto no se trata solo de la Reforma, sino de nuestra vida cotidiana. También los Evangelios nos dicen que cuando demos limosna, no hagamos tocar trompeta delante de nosotros (Mt. 6:2), es decir, no debemos hacer las cosas para que los demás se enteren y nos honren, sino que para la gloria de Dios. Preguntémonos, entonces, cómo podemos dar gloria a Dios en todo lo que hacemos en nuestra vida.

Después de todo lo visto en relación a las cuatro solas anteriores, no queda más que decir con el salmo 115:1 “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, Sino a tu nombre da gloria”, que sea por amor a Su nombre, a Su misericordia y a Su verdad y que nos conceda no ser ladrones de gloria, sino que toda sea para él.

Día 4 – 2016

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