Volviendo al Evangelio una vez más – Iván Reyes

La Iglesia primitiva se sustentaba en dos grandes columnas, de acuerdo a lo señalado por el autor Francis Schaeffer: la autoridad de las Escrituras y la obra redentora de Cristo. Sin embargo, durante la edad media, la Iglesia oficial se comenzó a desviar poco a poco de estas bases de la fe, y surgió un espíritu que puso en el centro al hombre, el que tomó fuerza a partir del siglo V.

Así, la obra de Cristo dejó de ser suficiente, y a ella se pretendieron agregar las obras humanas, y luego enseñanzas heréticas se establecieron como creencias propias de la iglesia.

Por lo tanto, los principales problemas que había que subsanar durante la reforma eran el cuestionamiento de la autoridad de las escrituras, y, en términos más profundos, la justificación por fe, es decir, el Evangelio del Señor Jesucristo. Por ello, se hacía necesario volver a los cimientos, a través del regreso a la Biblia y así, volver al Evangelio.

¿Pero, qué es el Evangelio?

El Evangelio son las buenas noticias, un anuncio importante que genera un cambio. En términos bíblicos, la buena noticia de lo que Dios hizo a través de Cristo para salvar los pecadores. Si queremos una nueva reforma, debemos volver a las bases del Evangelio bíblico.

Las Sagradas Escrituras, a través del apóstol Pablo, nos declaran en 1 corintios 15:1-4, tres características fundamentales del Evangelio del Señor Jesucristo:

  • El Evangelio trata de lo que Dios hizo en Cristo, no de lo que puede o debe hacer el hombre. El centro es Cristo. Debemos retomar el verdadero núcleo del Evangelio, ya que el resultado de centrarlo en el hombre es que la criatura pierde su verdadero sentido, como lo vemos en los púlpitos actuales. Debemos recordar que no podemos encontrar la paz con Dios a través de nuestras obras.
    Ningún ritual, institución o pronunciamiento humano debe ser nuestra confianza, no debemos predicar nada que no exalte a Cristo. Toda la actividad de la iglesia debe centrarse en Cristo.
    Pero no sólo es necesario hablar de la obra de Cristo: también hay que predicar del carácter de Cristo, cuyo testimonio está en las Sagradas Escrituras, porque muchos no saben quién es Jesús. Él es Santo, Justo y el Autor de la vida. Cristo no es cualquier hombre, es el Hijo de Dios. De eso se trata el Evangelio, de este Hijo de Dios que decide descender de su trono y venir a ocupar el lugar de los pecadores.
  • El Evangelio trata de lo que Dios hizo en Cristo para salvarnos de nuestros pecados. La buena noticia de la obra de Cristo, presupone la mala noticia de que el hombre es un pecador y que, por ende, necesita de un Salvador. Como señala el Apóstol Pablo en la Epístola a los Romanos, todo hombre está condenado y la ira de Dios está sobre ellos, sean paganos impíos, o sean moralistas religiosos. Sin distinción, todos están bajo el pecado. El hombre está completamente perdido, separado de Dios, muerto espiritualmente, esclavo y ciego. El hombre no tiene ninguna posibilidad de allegarse a Dios por sus propios medios.
    Nadie puede entender el Evangelio sin antes entender su estado natural ante Dios. Hemos equivocado la forma de presentar el Evangelio: hablamos primero y mucho más de la solución, sin presentar antes el problema. ¿Cómo puede una persona injusta ser perdonada por un Dios justo? Dios no puede dar por inocente al culpable. Lutero entendió que este es un problema legal que parecía imposible de resolver. Es necesario que haya primero verdadera convicción de pecado. El problema real y más profundo del hombre es que está enemistado con Dios. Necesita en primer lugar el Evangelio que le presenta al salvador que necesitaba, que lo salvará de sus pecados tomando su lugar en la cruz. Y esto no es una posibilidad, es un hecho histórico y certero: Dios ya lo hizo.
  • El Evangelio es algo que Dios hizo conforme a las Escrituras. Toda la biblia apunta al Evangelio, desde el libro de Génesis 3:15 hasta Apocalipsis. Jesús ya lo afirmó en los Evangelios: “Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les explicó lo referente a Él en todas las Escrituras” (Lc. 24:27), “era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos” (Lc. 24:44). Abraham y David son a quienes Dios prometió al Mesías. En Abraham se graficó la redención, al prometerle Dios que en su simiente serán benditas todas las naciones. En David se graficó el reino eterno, al prometerle Dios que de su linaje no faltaría alguien que se sentase en su trono.
    Todo el antiguo testamento apuntaba a Cristo, y todas las promesas se cumplen en Él. Toda la Biblia se trata de Cristo y del Evangelio, todo lo escrito apunta a lo que ocurrió en la cruz del calvario.

Debemos recobrar ese Evangelio, nada cambiará si el Evangelio no se predica. Eso fue lo que ocurrió en el siglo XVI y por esa predicación fue transformada toda la sociedad, en naciones que hasta el día de hoy reciben los beneficios de la proclamación de las buenas nuevas de salvación. Y eso fueron los reformadores: esencialmente predicadores, y predicadores del Evangelio.

Día 1 – 2016

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